Javier Fesser nació en Madrid en 1964 (uno arriba uno abajo), y es casi licenciado en Ciencias de la Información-Imagen por la Universidad Complutense de Madrid, ya que está pendiente de aprobar Narrativa de tercer curso.

Descubre el cine realizando incomestibles películas en Súper 8 y en 1986, confuso, funda LÍNEA FILMS, productora especializada en cine publicitario, adentrándose de lleno en el mundo de la realización y de las drogas blandas. Con intención de llevar a cabo proyectos cinematográficos, su verdadera inquietud, crea con Luis Manso PELÍCULAS PENDELTON en abril de 1992, empresa que realmente pertenece a las esposas de ambos.

A su primer cortometraje, “Aquel Ritmillo”, con el que obtiene el premio Goya al Mejor cortometraje en la edición de 1995, le siguen “El Secdleto de la Tlompeta” y la serie de televisión “Gomaespuma” ambos de gran éxito excepto uno de ellos. En la Navidad del 98 estrena su primer largometraje: “El Milagro de P.Tinto”, que fue visto por 1.300.000 espectadores. En febrero de 2003 estrena su segundo largometraje: “La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón”, una película que obtuvo cinco premios Goya en la edición de 2004 y que fue vista por más de 5.500.000 de espectadores, casi todos ellos humanos.

Es también uno de los creadores del NOTODOFILMFEST, un festival que se ha convertido en punto de referencia del cine en Internet. Actualmente se encuentra en paradero desconocido por motivos incomprensibles incluso para él.

He trabajado en varias ocasiones con niños pero nunca había trabajado PARA ELLOS. Y no me refiero a los niños como destinatarios sino como principales beneficiarios del asunto.

Niños, esas personas a las que por desgracia no se les permite votar. Esos tipos bajitos que se cabrean como todo hijo de vecino pero que, al contrario de los hijos de vecino, tardan un minuto en olvidar, perdonar y volver a reír. Los niños todavía piensan que el mundo puede moverse por la risa y el juego. No utilizan el dinero. No saben usar la ambición para pisar al de al lado y no han instalado aún en su disco duro el concepto del odio y la destrucción.
Los niños contagian inevitablemente su amor a la vida y su forma de mirar. Una mirada empapada de curiosidad y de ganas de experimentar, de probar, de enredar.

Era fácil intuir que haciendo una película a medias con un buen puñado de ellos de una aldea perdida en el África Subsahariana íbamos a aprender más nosotros que ellos. Pero nadie hubiera imaginado tanto. Ni tan hermoso. Ni tan útil. Ni tan imprescindible.

Es asombroso observar hasta qué punto media docena de talluditos y ridículos blancos colorados por el sol y abrasados por los mosquitos son capaces de asimilar cuando están rodeados de niños. Niños y niñas que les miran, les tocan, les sonríen y que nunca se hacen este tipo de preguntas: ¿quiénes son estos marcianos?, ¿qué hacen en mi casa con tanto aparato?, ¿por qué son tan claritos?, ¿por qué bailan con tan poca gracia?, ¿por qué necesitan gorro, gafas, cremas, teléfono, navaja multiusos, pantalón reversible con cremallera para quitar las perneras, seguro médico internacional para por si acaso, beber Coca-Cola para quitar la sed en lugar de agua fresca y cámara de fotos para retratarlo todo ansiosamente como si alguien se les fuera a llevar el paisaje de ahí en cinco minutos?

Todos los miembros del equipo hubiéramos pagado dinero por tener el privilegio de hacer este trabajo y sin embargo UNICEF nos ha permitido realizarlo gratis. ¿Se puede pedir más? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer un regalo así?

De todas formas, ni trucando el bombo de la Lotería Nacional o el del Cuponazo de los viernes aprovechando un momento en que los ciegos no estuvieran mirando, podríamos pagar nunca lo que los niños de Alut, Mampalago y Oulampane en CASAMANCE (Sur de Senegal), nos han entregado en tres semanas de convivencia.

Y sin esperar nada a cambio porque todavía los “tubab” (nosotros, los blanquitos del primer mundo) no les hemos introducido en las revolucionarias técnicas del marketing, esa ciencia que tanto ha mejorado nuestras vidas. Pobrecitos.


Javier Fesser